
Con vistas al próximo Vertice de la OTAN en La Haya, la atención europea se centra en una decisión crucial: el incremento del gasto militar hasta el 3,5 % del PIB en los próximos 7 a 10 años. Un paso que supondría una transformación sin precedentes en la estructura de defensa del continente y que, según el general italiano Pietro Serino, exige transparencia, coordinación y visión a largo plazo.
Según los cálculos expuestos por Serino, ex jefe del Estado Mayor del Ejército de Italia, alcanzar dicho objetivo implicaría elevar el gasto militar anual desde los actuales 34.400 millones de euros (1,57 % del PIB) hasta 76.700 millones, un aumento progresivo que requeriría añadir no menos de 4.000 millones de euros cada año durante una década.
Frente a este esfuerzo, el general insiste en la necesidad de una comunicación clara y democrática, reclamando que el Parlamento italiano –y por extensión, todos los parlamentos europeos– sea partícipe de un debate profundo sobre las razones, el destino y los métodos de ejecución de esta inversión.
El segundo eje de reflexión se refiere al concepto de “pilar europeo” dentro de la Alianza Atlántica. ¿Debe entenderse como la suma de aportes individuales o como una planificación integrada europea? La diferencia es clave: el modelo actual, basado en la relación bilateral entre cada país y la OTAN, limita la posibilidad de una defensa común europea.
Serino plantea que un coordinamiento previo entre los países europeos, incluso más allá de la UE, permitiría una integración más eficiente entre los ejércitos y fomentaría una base industrial colaborativa. Esto no eliminaría la soberanía nacional en defensa, pero abriría la puerta a una futura política exterior y de defensa europea común con capacidades propias.
Mientras Europa se enfrenta a amenazas globales cada vez más complejas, se vuelve urgente definir una estrategia de gasto sostenible y coherente con una visión común. En palabras de Serino, “potenciar los ejércitos nacionales bajo control exclusivo de la OTAN puede reforzar a la Alianza, pero a costa de perpetuar la dependencia europea y frenar el nacimiento de una verdadera defensa común”.
En este contexto, el futuro del continente se juega no solo en cifras presupuestarias, sino en decisiones políticas clave sobre soberanía, autonomía estratégica y cooperación multilateral.






